Dr. Ricardo Villanueva García

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Movimientos culturales

La filosofía presente

en Cultura y movimientos Por

Gianni Vattimo (1936) es todavía hoy uno de los filósofos italianos contemporáneos más importantes. Leer a Vattimo es imprescindible para comprender la postmodernidad. Y lo es porque, además, realiza su crítica a la modernidad desde Heidegger y Nietzsche, autores que sin la modernidad, precisamente, no podrían comprenderse, ya que su filosofía se fundamenta, como contrapunto, sobre sus ejes principales (crítica al sujeto, a la razón, al progreso, a la técnica). Fue alumno y discípulo de Hans-Georg Gadamer, lo que se deja ver en su modo de pensar la filosofía y su papel en el mundo, especialmente en lo que atañe a su visión de la dialéctica. Frente a la visión globalizadora basada en un Hegel o un Marx, donde la dialéctica que se supera a sí misma, Vattimo acuña un “pensamiento débil” que queda en contradicción consigo mismo. Por eso es, junto a Lyotard, el mejor analista de la «condición post-moderna» y a partir de la cual ya no podemos hablar de la misma manera de la idea de progreso, de vanguardia, de crítica y, en definitiva, de razón.

Noam Chomsky (1928). En la actualidad Chomsky es conocido por los artículos y libros sobre cuestiones políticas y culturales. Especialmente crítico con la política exterior de Estados Unidos, Chomsky se considera a sí mismo cercano a las posiciones del anarcosindicalismo. Pero su peso en la historia de las ideas se debe a su teoría de la gramática generativa. Formuló su teoría por primera vez en Estructuras sintácticas (1957), donde lleva a cabo un estudio de la competencia del emisor, que requiere la construcción de una gramática que sea como un mecanismo generador de las frases de una lengua. Luego, en Aspectos de la teoría de la sintaxis (1965), Chomsky introduce un componente semántico que, desde la estructura profunda, decide sobre la interpretación de las oraciones. Todo ello da como resultado una teoría poco tiene que ver con el empirismo filosófico y científico del funcionalismo, y que en cambio establece el innatismo en la adquisición del lenguaje y la existencia de una gramática universal. Con esta idea recupera uno de los viejos temas, casi utópicos, de la filosofía: desentrañar la estructura de un lenguaje común a toda la humanidad que daría pie a una comprensión más completa.

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Judith Butler (1956) es un referente en lo que respecta a estudios de género y teoría feminista. Libros como El género en disputa, Cuerpos que importan o Deshacer el género son ya para nosotros clásicos de nuestro tiempo. Quizás hoy día damos por descontadas cosas como que el género y la sexualidad son construcciones culturales, impuestas, que poco tienen que ver con su supuesto origen biológico. Pero cuando Butler formula sus teorías en los años 90 del pasado siglo fue supuso un contrapunto. No es que para Butler el sexo no exista. Es más bien la idea de un “sexo natural” organizado en base a dos posiciones opuestas y complementarias lo que critica. Desde su perspectiva tal naturalización no es más que un dispositivo mediante el cual el género se ha estabilizado dentro de la matriz heterosexual que caracteriza a nuestras sociedades. A partir de ahí el feminismo se convierte no es una opción gratuita sino en una cara más de la lucha por una sociedad más justa. Seguramente sin la figura de Butler los feminismos de hoy día no recibirían el eco que en al ágora de la cultura van consiguiendo.

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Jürgen Habermas (1929) sigue siendo el filósofo alemán más importante de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Quizás lo más controvertido sea su defensa, moderada, del racionalismo. Parece difícil convenir que existe algo así como una razón común a toda la humanidad. En todo caso, su obra principal, Teoría de la acción comunicativa (1981), traza las posibilidades de una fundamentación ética basada en la pragmática de la comunicación. Y sobre ello todavía se discute. Situaciones como las del jihadismo ponen en entredicho la tesis habermasiana de que la comunicación y el diálogo constituyen el esquema de la comunicación. Habermas no es un iluso y es consciente de que la realidad de la comunicación no es precisamente el reconocimiento del otro como interlocutor válido. Pero sí está convencido de que la comprensión de esta situación ideal de diálogo es el a priori del que hay que partir para analizar la realidad porque es lo único que posibilita la construcción de una sociedad buena. El legado de Habermas es justamente este, la insistencia en que, a pesar de todo, la pragmática de la comunicación puede fundamentar una relación ética de reconocimiento mutuo. ¿Una utopía?

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Por Miquel Seguró, docente del Grado en Humanidades de la UOC
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