Dr. Ricardo Villanueva García

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La carta de amor de Pasternak

en Cultura y movimientos/Historia y Personajes Por

A FINALES DE 1946, en la sede de una revista literaria de Moscú, surge un flechazo fulminante. Sus protagonistas son el poetaBorís Pasternak —por aquel entonces blanco de ataques en la prensa debido a esa manía antisoviética de “hurgar en su alma”— y Olga Ivínskaia, encargada de la sección de nuevos autores y amante de la poesía, en especial de la del hombre que acaba de cruzarse en su camino: desde adolescente se sabe sus poemas de memoria. La afinidad entre ellos se revela en el primer contacto visual: los ojos azules de Olga expresan su resuelta admiración, y la mirada penetrante y claramente aprobadora del autor de Mi hermana, la vida se clava en los suyos. La mujer rubia de amplia sonrisa que tiene ante sí es 22 años más joven, pero el poeta, a su edad madura —56 años—, conserva intacto su magnetismo y una belleza exótica. La poetisa Marina Tsvietáieva, con quien mantuvo en 1926 un insólito trío epistolar en el que participó Rilke, describía así su aspecto: “Pasternak se parece al mismo tiempo a un árabe y su caballo: atento, al acecho, como preparado para salir al galope en cualquier instante”.

La relación amorosa avanza de forma incontrolable. Olga es viuda dos veces y madre de dos niños. ­Borís está divorciado y casado en segundas nupcias con ­Zinaída, hasta entonces esposa de su buen amigo el pianista kievita Heinrich Neuhaus. Pasternak, que apenas publica poemas por no sucumbir entonces a los dictados estéticos del realismo socialista, sobrevive gracias a sus traducciones, originales y libres, de las obras de Shakespeare.

 Al principio la pareja se limita a dar paseos y a conversar por Moscú. A menudo se citan al pie de la estatua de Pushkin, y Borís la acompaña hasta su piso de la calle Potápov, donde Olga convive con su madre, su padrastro y sus hijos. Poco antes, Pasternak ha empezado a escribir una novela que lleva concibiendo más de una década: Doctor Zhivago. En ella leemos: “Yuri soñaba con una obra en prosa, un libro autobiográfico en el que incluiría, como cargas explosivas ocultas, las cosas más sorprendentes que había visto y pensado. Pero todavía era demasiado joven para un libro semejante, así que se limitaba a escribir versos, como un pintor que durante toda su vida pinta estudios para el gran cuadro que tiene en mente”. El episodio de la precoz relación con un hombre maduro protagonizado por su emblemática heroína, Lara, está inspirado en una vivencia de su segunda esposa. En cuanto conoce a Olga, sin embargo, el personaje femenino adopta de inmediato sus rasgos, se convierte en su prototipo, y el escritor, preso de un arrebato creativo, se zambulle en su novela.
En Lara (HarperCollins/Ecco), Anna Pasternak, sobrina nieta del escritor, reformula la intrahistoria de este monumento literario, cuyo periplo hasta su publicación constituye de por sí un folletín plagado de peripecias y desventuras, CIA y KGB de por medio. Un ambicioso reto, pues todos los biógrafos de Pasternak han coincidido en afirmar lo difícil que resulta adentrarse en una de las mentes más brillantes del pasado siglo, así como en la compleja relación que mantuvo con su musa y último amor, por quien sin embargo no se decidió a abandonar a su esposa. Del mismo modo se negaría a emigrar, dos años antes de morir, de su querida Rusia, pese al escarnio público al que fue sometido a raíz de la concesión del Premio Nobel, que se vio obligado a rechazar. Desde la campiña inglesa, cerca de su residencia de Oxford, Anna Pasternak comenta: “Al escribir Lara me embarqué en un viaje durante el cual llegué a conocer muy bien a mi tío abuelo. Dejé de verlo como un pariente lejano y descubrí a un hombre a quien llegué a entender a las mil maravillas, aunque no siempre me gustara o aprobase su conducta”. A Ivínskaia le costó muy caro ser conocida como la amante del escritor y, cuando se cumplían tres años de su idilio, cayó en las garras de la Lubianka —símbolo del terror policial—, acusada de “vínculos con sospechosos de espionaje”. Allí perdió al hijo que esperaba de Pasternak. El escritor, por el contrario, gozaba de cierta inmunidad, por ser, entre otras cosas, el traductor de poetas de Georgia, la tierra de Stalin. Es de sobra conocida la orden del zar rojo: “A ese déjenlo, vive en las nubes”.
Como mayor aportación de su libro, Anna Pasternak destaca: “Soy el primer miembro de su familia en corregir un error histórico. He restituido a Ivínskaia el respeto que merece. Biógrafos anteriores aceptaron la opinión estereotipada de que Olga desempeñó un papel más bien irrisorio en su vida y cometieron errores al retratar cómo era realmente la relación entre los dos y en apreciar hasta qué punto fue crucial el apoyo y la inspiración que le brindó esa mujer para crear su legendaria novela”. Ivínskaia pasó cuatro años picando suelo árido en un campo de Mordovia, mientras Pasternak traducía la segunda parte de Fausto y sacaba tiempo para escribir la novela que sería su mayor legado artístico: para Nabokov, una obra torpe y convencional; para Calvino, la gran novela rusa del siglo XX. Tras la muerte de Stalin, cuando Ivínskaia recupera la libertad, la pareja retoma su apasionado romance. Más tarde Olga alquilará una pequeña casa próxima a la hermosa dacha de Pasternak en Peredélkino, la colonia de creadores construida a las afueras de Moscú: un “laboratorio de escritores” financiado por el Politburó en mitad de un terreno boscoso. Allí se ven a diario y Olga se convierte en su más estrecha colaboradora: edita sus textos y pasa a máquina dos veces el manuscrito de Doctor Zhivago. Es su secretaria y su correctora, como otras esposas de escritores rusos —las de Tolstói, Dostoievski o Nabokov— que, en la sombra, prestaron su talento y sagacidad para la causa literaria de sus maridos. Muerto Pasternak, Olga fue detenida y enviada por segunda vez al Gulag, entre 1960 y 1964.

Pasternak era hijo de un pintor y de una pianista cuyos artes supo fusionar en sus poemas al plasmar imágenes excepcionalmente musicales. Dmitri Bíkov es uno de los críticos que mejor ha dialogado con él. ¿Quién fue Pasternak? Uno de los mejores poetas que dio Rusia, pero conocido en Occidente por una sola novela; un modernista que perpetuó la tradición clásica; un aclamado poeta soviético que se sintió casi siempre ajeno a esta ideología; un intelectual sin grandes medios económicos con porte de aristócrata; elitista y democrático; rechazado por los organismos oficiales, pero nunca prohibido del todo; un autor cristiano que aborrecía hablar de su ascendencia judía; un filósofo y un campesino que disfrutaba tanto traduciendo a Goethe como cultivando su huerto.

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Olga Ivínskaia, a la edad de 30 años. Moscú, 1942.

Con solo 23 años, Pasternak escribió: “Aunque el artista es mortal como el resto de sus congéneres, la alegría de vivir que ha conocido es imperecedera. Un siglo después otros, a través de su obra, podrán experimentarla”. Anna Pasternak, en su libro, que dista de ser una hagiografía, no oculta el narcisismo de su pariente, que antepuso su ambición a sus sentimientos. Irina, la hija de Ivínskaia, enviada al Gulag junto con su madre tras la muerte del poeta y que, emigrada en París, ha escrito varios libros sobre el tema, accedió a hablar con la autora de Lara al darse cuenta de que esta quería rendir un homenaje a su madre. “Creo que Borís y Olga están eternamente unidos en Doctor Zhivago, es su sentida y sincera carta de amor a ella”, afirma Anna Pasternak. Como se lee en la novela: “Se habían amado no porque fuera inevitable o hubiesen sucumbido a la ‘llama de la pasión’. Se amaron porque así lo quiso todo cuanto los rodeaba: la tierra a sus pies, el cielo sobre sus cabezas, las nubes y los árboles”. Concluye Anna Pasternak: “Sabía que la había defraudado, pero la inmortalizó en una heroína literaria icónica. Era débil en su vida personal, pero enormemente decidido como artista”.

Entirro Pasternak

El Pais

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